Imagine She and She


Inercias, impulsos
agosto 23, 2008, 4:27 pm
Filed under: Relatos, Textos, Todo

Sara no sabe por qué ha tomado el autobús. Normalmente acude al trabajo en coche, pero hoy no ha sacado las llaves del bolso. Simplemente ha dado treinta pasos hasta la parada y se ha subido. Como no llevaba suelto ha mirado suplicante al conductor con un billete de cincuenta euros en la mano, ha intentado sonreírle, luego un leve pestañeo y ha cedido.

No se ha molestado en exceso en encontrar un asiento, se ha sentado en el primero que ha visto. Ha echado la cabeza hacia atrás, ha cerrado sus ojos. Luego los ha abierto. Ha sacado su cámara de fotos de la bolsa. Sabe perfectamente que desde el vehículo en marcha las imágenes se verán borrosas, movidas, confusas. Sabe incluso que tendrá que borrarlas porque serán una molestia posterior que ocupará memoria en la tarjeta del aparato. Pero las hace. Mira a través del objetivo y pulsa el botón, aunque no capture nada concreto.

Tardará al menos media hora en llegar. Llegará tarde. No le parece un problema. Un hombre se sienta frente a ella. No se miran. Tampoco tienen nada que decirse. Pero Sara no reprime el impulso de fotografiarle. El tipo tiene un rostro anodino, apático, insulso. Precisamente ella busca retratar la ausencia total de significatividad y expresión, un no decir nada, un silencio poco agraciado, una comodidad de las cosas. Como la relación que ha vivido durante dos años.

Guarda la cámara. No sabe muy bien si está en un autobús o en un avión. Podría imaginar que se desliza con  los brazos extendidos (con la misma postura que emplea cuando se tumba en la hierba algunos domingos) por el aire. Pero no lo imagina. No lo hace. Ella no es un pájaro, es sólo una mujer sin esa clase de habilidades.

Una pareja entra con dos niños. Cada uno sostiene a uno de los hijos que van dormidos. Discuten. Sara no les escucha. No quiere palabras audibles amontonadas en sus oidos. Saca un bocadillo de queso de soja con nueces. Lo desenvuelve. Lo mira sin prestarle atención y lo vuelve a guardar. No sabe por qué no se lo come. Se recrea brevemente en el placer que podría haber obtenido, sueña que lo muerde y mastica con deleite, y de repente se atraganta, no puede pasar hacia su interior. Recuerda que no lo llegó a comer. Se siente aliviada.

Se baja en una parada al azar. No sabe el nombre. Por inercia lo hace. Observa una cafetería, avanza despacio, se pide un refresco de limón, pero ni caso al burbujeo que le produce en la boca ni en lo frío que está. Simplemente lo traga. Se siente aturdida. Ahora si que no sabe dónde está. Es un barrio alegre zozobrado por niñas y niños que ya disfrutan de sus vacaciones. Pero Sara no les mira. Se cansa del refriegrio que ya perdió fuerza y sale.

Sus pies se paran en seco. Tiene que parar. De pronto recuerda que un impulso extraño la llevó a abandonar a su novio la noche antes. Y que tras este impulso nació otro igualmente no premeditado que la condujo a Sofía, a sus labios acogedores del color de la sandía. Y se sonríe azorada.

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