La primera vez que ví Esplendor en la Hierba tenía unos catorce años. Recuerdo aquella noche, mis padres se fueron al cine y mi hermana pequeña y yo nos quedamos en casa. Tras la cena pusieron esta película en la televisión. Rememoro mi emoción, el silencio que reinó en el salón de mi casa mientras me quedaba embelesada con la historia, las lágrimas repentinas que me colgaban de los ojos, la ternura que me provocaba la actriz y su papel en esta obra. Cuando terminé de verla me giré a mi hermana.
Sobrecogida. Así me siento siempre que veo esta obra.
Una historia de amor que no encuentra su momento ni el lugar para vivirse. Los prejuicios sociales y las presiones familiares que agotan y quiebran la dulzura y pureza de un amor ingenuo y seguro.
Aunque es una historia heterosexual, también trata de los daños colaterales que producen los esquemas sociales en personas sensibles y maravillosas.
Hay un poema, precioso, que se susurra en la película y en cierto modo la resume:
“Aunque mis ojos ya no puedan ver ese puro destello que me deslumbraba. Aunque ya nada pueda devolverme las horas de esplendor en la hierba, de la gloria en las flores, no debemos afligirnos, pues siempre, la belleza subsiste en el recuerdo”.
Pocas obras cinematográficas podrán emocionarme tanto como esta.
