Durante los primeros años de nuestra vida sentimos un poder desmesurado, queremos explorar, analizar, aprender, construir, inventar, escuchar, opinar. Nos sentimos protegidas/os (por desgracia no todos/as los/as niños/as del mundo), somos pequeños seres impresionables, nos asustan los estruendos y nos fascina jugar con la imaginación, hacer de todos los procesos rutinarios del día algo lúdico.
En la infancia el amor tiene otras connotaciones, está repleto de ternura y de interrogaciones, amamos a nuestras amigas y amigos, a nuestra familia, no distinguimos realmente entre sexos, no nos sorprendemos porque dos mujeres se acaricien o dos hombres caminen de la mano, no otorgamos conductas diferentes a unos ni a otros según su “género”, ni nos merecen más o menos respeto otros individuos por ser de una raza u otra, de una u otra especie, ni de una posición económica más elevada o menos.
Normalmente nuestras madres/padres nos arrullan, nos abrazan y estimulan a hacer de todo (aprender inglés, hacer teatro, apuntarnos a natación o a ballet o a cualquier deporte…). Se sienten orgullosos/as de lo rápido que crecemos, de lo bien que podemos leer, de lo sensibles que somos, de la diplomacia que tenemos con nuestras/os amigas/os a la hora de resolver conflictos infantiles…
De repente crecemos, y no sólo físicamente. Comenzamos a moldear nuestras capas internas, nuestra personalidad, se definen nuestros gustos, se van ordenando experiencias para empezar a decidir independientemente de lo que nuestros padres y amigos/as piensen, nos conjeturamos ideas del bien y del mal acordes a nuestra propia moral y sentido de lo justo. Y entonces estalla algo. Se rompen estrechos hilos que nos unían por encima de todo a ellos.
En mi casa siempre se habló abiertamente de homosexualidad. Compañeros/as de trabajo, conocidos/as de mis padres, actores, cantantes…Fluían conversaciones de este tema con total desenfado. Pero cuando es su hija la que “anuncia” la noticia todo se torna delicado, frágil y se asume a regañadientes. En principio no me creían, a los ojos del mundo no reunía “las característas stándar de una joven lesbiana”. Y de ahí pasamos al silencio, a las miradas de tristeza encontradas. Nunca tuve que “aceptarme” a mí misma, desde el principio viví mi forma de amar entusiasmada, feliz y natural. Tampoco viví catástrofes amistosas ni familiares. No obstante, me sorprendió negativamente que esas personas que tanto me querían (y quieren) tuviesen que atravesar un largo proceso de asimilación (aunque hoy día todo es diferente y no queda nada de aquello).
Y es que me pregunto yo el motivo por el cuál todos los padres y madres (y abuelos/as, y vecinos/as, y docentes…) acepten y crean desde que el niño/a está lloriqueando en la cuna va a ser heterosexual y va a comportarse en su vida de una manera predeterminada. Y lo que es peor, que crean a ciencia cierta, que la heterosexualidad de sus hijas/os les otorgará un nivel superior de felicidad. Porque si no pensasen así, no habría sorpresa alguna ni proceso de asimilación cuando sus hijas/os dicen que se han enamorado de alguien de su mismo sexo.
2 Comentarios hasta ahora
Deje un comentario
Deje un comentario
Línea y párrafo se rompe automáticamente, direcciones email nunca se muestran, permitido:
<a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <strike> <strong>

es que se necesita un grado avanzado de evolución para comprenderlo, y la mayoría de los padres carecen de esa preparación, sería un tema largo de discutir
Comentario por marga Mayo 9, 2008 @ 6:21 amsalu2
Muy bueno, comparto todo lo que comentas.
¿Cuánto duró el periodo de asimilación en tu familia? Mis padres llevan varios años en el “tú no eres lesbiana porque no cumples los estándares debidos”. A veces creo que nunca avanzarán, y eso que también eran muy abiertos hacia la homosexualidad.
Todo mentira, qué triste
Comentario por encantada Mayo 13, 2008 @ 5:34 pm